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Victor Decine

Por Daniel Molini Dezotti
sábado 05 de abril de 2025, 06:00h

Quizás debería aprender a escribir sin ser tan generoso con los contextos, explicando, aquello que quiero contar, sin aspectos innecesarios o tangenciales.

Es probable que el entretenimiento permanente haya significado mi fracaso como redactor, perdido entre detalles, sin encontrar las salidas señaladas con la palabra "exit".

Por suerte, a veces me salva el título, que orienta a los lectores la deriva de las letras.

Y el de hoy es inequívoco, un nombre real, un apellido virtual, todo junto, como figura en su tarjeta: “Victor Decine – Cantante”

Fue un sábado cuando lo vi por primera vez, lo siento, tendré que situarme. Decía que fue un sábado, caminaba por la Avenida de la Constitución hacia el Auditorio, solo, ¿triste?, no triste no, sí solo.

Estaba pensando en mi amiga, de visita a familiares lejanos, cuando lo vi, instalado frente a un micrófono, apasionado, cantando, interpretando.

Me sorprendió el “escenario”, que se alzaba en un sitio casi desierto, desplegando su arte frente a un público que él sentía y veía, pero yo no.

Creo, no recuerdo bien, que le hice una seña con la mano, apuntando con el pulgar hacia arriba, pero no me detuve.

Aunque mis ojos miraban hacia el ala, o como se llame el techo decorativo, carísimo y curvo del auditorio, me giraba para intentar entender lo que estaba haciendo ese cantor ambulante.

Los pasos me fueron ahogando la soledad, permitiéndome meditar sobre visto, que pasó a ocupar mi pensamiento, espantando la sobreactuación relacionada con las ausencias.

Además, tenía un excelente plan cinematográfico por delante, con lo que el sábado podría marcharse tranquilo.

El domingo amaneció nublado, gris, ideal para andar. Una vez clausurado el tiempo de lectura y escritura, reinicié la derrota del día anterior, siguiendo las huellas que dejan las costumbres, por ramblas y avenidas, los mismos sitios, las mismas horas.

¡No me lo podía creer!, allí estaba de nuevo Victor Decine, intentando adherir su identidad, decorada con una clave de sol y letras, del tamaño de un folio, al mástil que sostenía el micrófono: “Victor Decine- Cantante. Amenización de cualquier evento. Teléfono / WhatsApp 639925819."

No pude reprimir mi curiosidad y le pregunté qué hacía allí, en ese lugar donde las bicis pasaban como rayos y el público era prácticamente inexistente, siendo la mayoría de ellos caminantes afectos al ejercicio más que a las interpretaciones musicales.

Cuando soy curioso, lo soy de verdad y lo ametrallé a cuestiones: ¿por qué no cantaba en el centro, o allí donde hubiese más gente?, de dónde era, cuantos años tenía, si se dedicaba a la música profesionalmente, si conseguía vivir de ella, hasta que al final, demostrando, mis ímpetus tardíos, le pregunté si podía hacerle algunas preguntas, porque estaba intrigado y a lo peor escribía algo.

Las respuestas llegaron, entreveradas con buen ánimo y risas: cantaba allí porque no había casas, ya que la policía municipal, cuando actuaba en el centro, lo expulsaba. Los ocupantes de las viviendas vecinas solían quejarse, y allí, en ese sitio, nadie le decía nada.

No le importaba si recaudaba dinero o no, las monedas eran un accidente, a veces conseguía algunas, otras nada, si alguien le prestaba atención era pago suficiente.

También agregó que no vivía de la música, su trabajo era el de administrativo, que tenía 46 años, y su grandísima pasión era la interpretación. Su sueño lo despertaba cantando sobre un escenario, en la Plaza de España o, allí, señalando al auditorio.

Los temas musicales que abordaba en su repertorio eran clásicos, de la década de los 60, 70. 80 y “...cuando algún niño se acerca y los baila, me emociono. Eso y el cine destacan son mis pasiones.”

Una vez satisfechas las preguntas, se dispuso a iniciar la demostración del día, que sería grabada para su difusión.

Le expliqué que no podía quedarme pues debía ir al aeropuerto, a buscar a la hija de mi amiga, que llegaba con la misión de reemplazarme en la custodia de una mascota. Por eso del contexto le dije hasta el nombre del animalito, Coco, negrísimo y minúsculo, era como un chihuahua de mentira, pura miniatura.

Me permitió, antes de marcharme, que le sacase una foto, para encontrar algún pormenor o circunstancia que pudiese olvidar en el camino de regreso.

Ya sabía que iba a escribir sobre el asunto, más aún cuando me explicó que pasaría la función por su canal de Instagram. Podía encontrarlo en la aplicación como “victor.decine.78”

Me aseguró que, si publicaba algo en el diario, lo agradecería mucho. Toda la publicidad que pudiera hacer sería una gozada para él, porque alienta la convicción de que seguirá cantando porque es cuando se siente de maravilla, por eso sigue estudiando canto, se cuida la voz, y aunque las funciones duren 2 horas o más, cada 45 minutos descansa.

Nos despedimos con afecto. Por mi parte, conseguí verlo en la pantalla del teléfono, presentando los temas que interpretaba, opinando sobre los mismos, ponderando la jornada, describiendo la belleza de cantar.

El mar por detrás, por delante la ilusión, a los costados los brazos abiertos, o juntos, o tocándose el corazón, del modo en que lo hacen los que creen, crean, palpitan y sueñan con hacer lo que les gusta.

Y, mientras lo consiguen, hacen que algunos, como en mi caso, se sientan mejor.

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