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Incertidumbres

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 03 de abril de 2025, 06:00h

Siguiendo en esta dinámica de pensar los dolores ajenos y las preocupaciones de la gente joven, hoy aparece en el horizonte de la reflexión las incertidumbres con las que se desayunan y cenan. No tener claro lo que va a ocurrir en el futuro no es algo específicamente propio de esta generación. Siempre ha sido así. El futuro incierto es el denominador común de quienes usan la cabeza y piensan. Lo que haré, a lo que me dedicaré, cómo lo podré afrontar, con quién andaré el camino, y ese largo etcétera que aparece cargado de dudas y temores. Las certezas suelen ser pocas.

Las incertidumbres son estados mentales de desconocimiento o falta de certeza sobre eventos futuros, situaciones o resultados. Eso ya lo tenemos claro. Estos estados se caracterizan, especialmente, por la imposibilidad de predecir con exactitud lo que ocurrirá, generando dudas, inseguridad y ambigüedad. Tal vez sean estas consecuencias lo que convierte en complejas las incertidumbres existenciales. Pueden surgir en diversos ámbitos, desde los ámbitos científicos o los económicos, pero los que atraviesan más hondo el alma son los que hacen referencia a la vida cotidiana. La gestión de las incertidumbres implica, de manera objetiva, la evaluación de los riesgos, la toma de decisiones informadas y, sobre todo, la capacidad de adaptación a escenarios cambiantes. La flexibilidad ante lo incierto. La capacidad de adaptación.

Las incertidumbres, inherentes a nuestra existencia, se intensifican al reconocer que la realidad es intrínsecamente compleja, no estática, sino un entramado dinámico de factores interconectados. Esta complejidad existencial nos obliga a abandonar la ilusión de control absoluto, abrazando la capacidad de adaptación como herramienta esencial. La incertidumbre, por tanto, no es solo la falta de certeza, sino la convicción de que debemos ser flexibles, y navegar las nuevas realidades con creatividad y apertura.

Esta creatividad adaptativa, esa capacidad para reinventarnos ante la vorágine de lo incierto, encuentra su combustible en la esperanza. No es una esperanza ingenua, sino una convicción arraigada en la certeza de que, incluso en la oscuridad, existen posibilidades latentes. Y en este peregrinaje hacia lo desconocido, la confianza en lo trascendente se erige como un faro, iluminando el camino con la certeza de que no estamos solos. Es una fe que nos impulsa a abrazar la incertidumbre con valentía, a transformar los desafíos en oportunidades y a descubrir en la complejidad del presente la semilla de un futuro más pleno.

Me hace bien releer la Carta a los Romanos (8, 28), cuando nos dice “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Qué más da que sea incierto…

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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